Posteado por: Omar George Carpi | agosto 18, 2014

Tono, lenguaje y rigor de análisis: la tríada del buen periodismo


Cuando lectores, oyentes o televidentes reclaman al periodismo cubano que se pronuncie sobre los problemas que más preocupan a la población, no solo lo hacen a partir del enjuiciamiento de los contenidos de nuestra prensa o de la valoración que esta suele hacer de lo que es – o no es – noticia, en el ámbito local o nacional.
Sin desdeñar ambas perspectivas, que por separado podrían generar otros tantos análisis, la insatisfacción de nuestros receptores radica también en la manera en que muchas cosas se dicen.
Falta de estilo, desempeños carentes de personalidad y frescura, y acomodamientos inexcusables como atenerse al simple informe sin someterlo a una lectura crítica y profesional, no pueden menos que sustentarse en un tono y en un lenguaje anodinos.
Quizás ese triunfalismo que a muchos molesta y tanto daño nos hace, se deba no tanto a los temas que solemos abordar, como a los déficits en su formulación y tratamiento.
Hay un desliz de oficio que explica ese exacerbado optimismo con que algunos suelen valorar el presente y proyectar el futuro en el tratamiento periodístico de ciertos temas.
A veces son los comunicadores quienes se apropian de las palabras del funcionario, lo dispensan de todo compromiso y responsabilidad ante la opinión pública, y lo peor, terminan dando la cara a una población cuyo juicio será demoledor – y no precisamente contra el funcionario de marras – cuando las cosas no resulten o sean diferentes a como se dijeron.
Y no es que no haya motivos ni situaciones para sentirnos, más que optimistas, orgullosos. Digamos, por solo poner un ejemplo, los indicadores de salud que muestran un aumento en las expectativas de vida de la población cubana adulta.
Si lo dejamos ahí, si no relacionamos las cifras que sustentan esa conquista con algo que el público entienda, que le permita dar referencia y contexto a la mera información; si nos olvidamos de que el problema no solo está en la cantidad de años que vives, sino en cómo los vives, estaremos haciéndole un flaco favor a la verdad, por demás, imposible de reforzar si la expresamos en términos tan absolutos. Y mucho menos con frases floridas y lugares comunes.
Así mismo, se podría ponderar cómo en el camino de las transformaciones económicas que emprende el país, la planificación tiene en cuenta el mercado, que por supuesto, tiene fallos y hay que regularlo. Pero habría que explicar también, cuando sea menester, que la regulación puede evidenciar a su vez fallos susceptibles de ser denunciados y rectificados.
O cómo insistir, con cifras convincentes, en la importancia de que cada ciudadano sujeto a compromisos tributarios aporte por esa vía a programas y servicios sociales, sin olvidar exponer los números que permitan al contribuyente comprobar qué se hace con su dinero, máxime si sobreviene la duda cuando algunas de esas prestaciones se resienten en su calidad.
Quizás el desempeño de los delegados del Poder Popular podría trascender esa percepción de que solo rinden cuenta del esfuerzo que hacen para trasmitir a los organismos y empresas las necesidades de la comunidad, sin respuestas efectivas la mayoría de las veces, si desde la prensa nos dedicáramos a desenterrar los datos acumulados, informes tras informes, años tras años, para descubrir – y denunciar de paso, cifras mediantes – por qué el porcentaje de resolución de problemas planteados es todavía motivo de insatisfacción para la ciudadanía.
Para que el público pueda comprender un producto comunicativo de carácter periodístico, es necesario comparar la información que aporta, relacionarla con otros datos que ayuden a dimensionarla, mediante la utilización de elementos conocidos o con una alta referencialidad para el destinatario de esa propuesta.
Y si de oficio tenemos en cuenta todos esos matices, tono y lenguaje tienen que corresponderse para retar cualquier atisbo de grisura en la elaboración de nuestros mensajes.

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