Posteado por: Omar George Carpi | julio 18, 2013

La prensa: aliada de la sociedad en la lucha contra la corrupción


(Intervención personal en el IX Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba)

Pretexto. Caricatura de Douglas Nelson (Chispa)

Pretexto. Caricatura de Douglas Nelson (Chispa)

Mucho se ha discutido en los últimos tiempos sobre algunas miradas críticas a la realidad cubana que faltan en nuestra prensa. Y una de esas miradas críticas que lamentablemente está, quizás no ausente, pero sí insuficientemente expuesta en nuestros medios, es la que debemos hacer a los hechos de corrupción, manifestación extrema de la indisciplina social, tema al que recientemente se refirió el presidente Raúl Castro y del que mucho se ha hablado durante estos días.
Pero no basta con que nuestros máximos dirigentes, el Parlamento, o respetadas personalidades se pronuncien sobre el negativo impacto de ese flagelo. Para que la denuncia sea lo suficientemente aleccionadora, hace falta que se divulgue con pelos y señas a los corruptos probados y a sus corruptos manejos.
Se trata de un tipo de gestión periodística, cualquiera que sea el género en que se dirima, que los periodistas no pueden asumir solos. Necesitan estar acompañados por órganos, funcionarios y autoridades políticas y gubernamentales comprometidas no sólo con el esclarecimiento de los hechos, sino además con la necesidad y la conveniencia de hacerlos públicos, después de facilitar al periodista o a los equipos de investigación responsabilizados con el tema en los medios, no sólo todos los datos y la información necesarios, sino también todo el apoyo.
Es el tipo de debate al que no son solo los periodistas los que tienen que aportar. Resulta necesaria también una comprensión por parte de las fuentes de información sobre el sentido profiláctico de ese ejercicio.
Y es que el tratamiento de la corrupción no sólo es importante por el tema en sí, sino porque deviene un llamado a la opinión pública en un doble sentido: que se sepa que se está actuando y que se sepa que no hay ni habrá impunidad ante este fenómeno.
Pienso que a donde han llegado las cosas, hay que dar una sacudida a la conciencia y a la sensibilidad de mucha gente, aletargada y confundida por una regresión en la escala de valores que hace que muchas veces se vean como normales conductas contrarias a la ética y a la condición humana, no digamos ya a las virtudes que una sociedad como la nuestra promueve y defiende.
Pero ese aldabonazo necesario, que tiene en la prensa no el único pero si uno de sus espacios más idóneos para la acción, no puede darse a partir de teorizaciones, ni de entelequias, ni de generalizaciones. Tiene que particularizarse de manera aleccionadora, para desbaratar esa especie de culto con que algunos reverencian el “modus vivendi” del corrupto, cuyas prácticas y actitudes deleznables son a veces si no aprobadas, al menos toleradas por quienes le rodean.
En las sesiones de las comisiones de trabajo del recién concluido primer período de sesiones de la Octava Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, alguien dijo que a veces no hay manera de que se conozcan los casos de corrupción hasta que la Contraloría no actúa, porque la gente no los denuncia: otro argumento más a favor de que la prensa tiene una responsabilidad en revertir esa situación, estimulando con informaciones y análisis oportunos el ejercicio del deber cívico y ético de la ciudadanía ante casos como estos.
En los resúmenes que del trabajo de esas comisiones permanentes se hicieron por la televisión, pude apreciar exposiciones muy exhaustivas y preguntas y respuestas sólidas de argumentos, pero me llamó la atención lo “introspectivo” de muchos de los mecanismos expuestos como antídotos contra la corrupción (la guía de autocontrol, el control interno, los auditores internos, la responsabilidad interna de colectivos y directivos)… todo muy interno, pero nada que trascendiera a la opinión pública como opción para confrontar el fenómeno de la corrupción.
En este mismo contexto de la Asamblea, funcionarios de la Contraloría General de la República se refirieron a la divulgación de casos negativos detectados en los controles integrales estatales de ese órgano y sus dependencias territoriales, como fórmula preventiva para lograr precisamente resultados positivos en la gestión administrativa.
¿Es que acaso – me preguntaba entonces – esa misma función no cabría otorgársela con igual propiedad a la prensa, de hecho un actor social que entre sus cometidos tiene el de alertar a la sociedad de fenómenos que pueden perjudicarla si se les deja tomar fuerza impunemente?
Si la voluntad política del país y el objetivo de la Contraloría como órgano que institucionaliza esa política es prevenir más que sancionar los hechos de corrupción, ¿qué mejor contribución que la que pueda hacer la prensa al divulgar, a partir de situaciones concretas, hechos cuyo conocimiento puede contribuir a la prevención de situaciones similares?
La batalla contra la corrupción es tarea de todos y sobre todos recae la responsabilidad de combatirla. Pero cada actor social tiene una manera específica de ejercer esa responsabilidad: a la dirección política y gubernamental del país corresponde una adecuada selección de los cuadros que coloca al frente de las tareas y el control permanente de su desempeño. A las organizaciones políticas y de masas, les toca hacer más efectivo su papel de contrapartida y fiscalización de la gestión administrativa o de la proyección social del directivo.
En última instancia, todos estaremos de acuerdo en que no solo las medidas judiciales o de carácter administrativo, son suficientes para afrontar este delicado asunto. Y que una pieza clave en tal propósito es apelar mucho más a la participación popular.
Pero cómo apelar a esa participación popular si no ponemos en pública evidencia los hechos de corrupción, si no los sometemos a un debate público que, además de otros escenarios, tenga en la prensa una de sus expresiones.
Ya he perdido la cuenta de los casos de corruptos y de hechos de corrupción protagonizados por ellos, de los que me he enterado por fotos y referencias que pasan de mano en mano y de computadora en computadora a través de memorias flash: garajes con tres y cuatro carros, mansiones con cocinas azulejadas hasta el techo con sistemas de cámaras de vigilancia y hasta un zoológico doméstico. Todo un alucinante frenesí de ostentación y desparpajo que irrita y ofende. Y lo peor de todo es que las pruebas gráficas de tales desatinos circulan acríticamente entre la población.
Y es que muchas de las medidas adoptadas contra los corruptos quedan a expensas del rumor y de sus imprevisibles interpretaciones porque no se publican, lo que da pie a que muchos sigan asociando el fenómeno al secretismo, a la falta de transparencia, a algo de lo que no se habla “porque no conviene” y lo peor: queda en el ambiente como una sospecha de encubrimiento y de impunidad.
A veces no se quiere abordar el tema por no dar argumentos al enemigo para sus ataques contra la Revolución, pero lo que pretendemos como fortaleza puede devenir debilidad cuando encuentra como única alternativa de divulgación la del rumor, del que el enemigo si se nutre para su ofensiva mediática contra Cuba. Y una de las aristas de esa manipulación puede ser la de una presunta mano suave contra los corruptos. Lejos de crear desconfianza en la gestión pública de cuadros y funcionarios de la Revolución y de dañar la imagen de ésta a los ojos del pueblo, la información oportuna, pertinente y fundamentada sobre cómo pueden caer las cabezas de los corruptos, sin importar lo alto de sus pedestales, provocaría realmente un efecto contrario al temido, con un saldo de honestidad y transparencia en el manejo de la información pública que la gente agradecería.

Es importante que los medios de comunicación visualicen estos hechos, no hagan mutis ante este tipo de delitos, los caractericen y sobre todo, divulguen la manera en que son enfrentados, aportando las pruebas en que se sustenta la denuncia y el proceso, para que estos se conviertan además en alerta oportuna.

La corrupción es un fenómeno universal, ningún sistema está a salvo de ella. Es uno de esos fenómenos que la población necesita confrontar para darse cuenta de que no vive en una sociedad perfecta, como a veces nos empeñamos en demostrarle adocenadamente en nuestros medios, aunque sí perfectible. Y es precisamente esa conciencia de perfectibilidad, la que pone a nuestra sociedad en ventaja para manejar con responsabilidad, pero con visión de utilidad pública, este asunto de la corrupción.
Hay que poner fin a la pasividad de la prensa y hacerla más combativa en muchos aspectos, pero también en éste. Y a los siempre acechantes fantasmas de la censura y la autocensura que puedan rondarnos en el empeño, hay que oponerles el conjuro de un efectivo apoyo de las autoridades políticas y gubernamentales, así como de aquellos órganos e instituciones capaces de aportar datos, argumentos, evaluaciones y veredictos sobre cada caso en particular

Que nuestros medios de comunicación no invisibilicen ni a los corruptos, ni a la corrupción ni a la lucha contra ese flagelo. No es la única manera de lograr que la sociedad se incorpore a esta batalla en la que le va la vida a la Revolución, pero entre todas las opciones, es una de la que no podemos prescindir.

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