Posteado por: Omar George Carpi | junio 13, 2012

Cuando la cámara se convierte en lupa…


Por naturaleza, todo ejercicio periodístico es investigativo. Aunque nos propongamos elaborar una simple nota informativa – y lo de simple es solo una concesión al tiempo que nos toma, porque en verdad cada género en el periodismo nos plantea retos específicos – todos los elementos aportados por las fuentes deben ser verificados en un proceso de indagación que nos absorbe en mayor o menor medida. No obstante, hay un modo de hacer que reclama del periodista una actitud mucho más profundizadora e inquisitiva sobre su objeto de investigación. Es el llamado periodismo investigativo. Entre las muchas acepciones existentes para tipificarlo, prefiero aquella que lo asocia con un servicio público que desde la prensa pretende airear situaciones que a determinados poderes – políticos, económicos, religiosos – les conviene mantener a buen recaudo del control social.

En este punto quizás convenga aclarar que la simple denuncia – algo bastante frecuente en nuestros medios – no puede equipararse al periodismo investigativo. Aquella se queda en lo epidérmico, en lo vivencial y conminatorio. Este ofrece visiones múltiples, es abarcador y propositivo. El periodismo de investigación, para que fructifique, necesita que se abone con dos nutrientes bastante escasos en las redacciones: tiempo y recursos, dando por descontado que existen periodistas valientes, aguzados y perseverantes siempre dispuestos a embarcarse en tamaña aventura profesional.

Pero lamentablemente, no basta con las enunciadas virtudes. Para ejercitarlas hay que vencer antes la reticencia de los informativos, apremiados por un cierre que se verifica inexorablemente todos los días y que no puede darse el lujo de posponer trabajos por un tiempo prolongado mientras se cumplen todos los pasos – incluidos avances y retrocesos temporales – que conlleva el ejercicio del periodismo de investigación.

Además, una pesquisa de esa índole hipoteca recursos materiales y humanos que por lo general ni suelen ser muy abundantes en los medios ni mucho menos pueden sustraerse durante días de un ritual de producción para el que toda disponibilidad parece poca. Quizás no tan decisivo, pero no por ello descartable, es la prudencia de algunos responsables de la gestión editorial preocupados porque la investigación sobre una persona o un suceso pueda abrir una caja de pandora que, en el mejor de los casos, provoque un conflicto de intereses de consecuencia impredecibles.

Todo lo dicho hasta aquí de manera general suele extremarse cuando lo llevamos al terreno de la televisión. Como en cualquiera otra de las plataformas en que dirimimos nuestra investigación periodística – prensa radial o escrita – es el reportaje el género ideal para hacerlo también en la televisión. Sólo que en el periodismo audiovisual tal propósito conlleva el empleo de recursos de realización (infografía, efectos para el tratamiento de textos e imágenes) capaces de apoyar visualmente la exposición periodística.

En términos de producción, se requiere entonces de muchas más horas de edición de las que habitualmente se otorgan para responder al diario requerimiento de los espacios informativos. Otra dificultad radica en el poco margen que dan los noticieros a trabajos de esa índole, por una razón de tiempo. A veces tampoco es conveniente fragmentar este tipo de propuestas para que se trasmitan en emisiones consecutivas, porque pierden todo su sentido y su fuerza de denuncia.

Si a todo lo anterior añadimos lo difícil que resulta al periodista investigador de televisión conseguir que una fuente haga declaraciones comprometedoras ante una cámara o lograr que todo un equipo de realización pase inadvertido para dejar constancia gráfica de un suceso o situación sin que estos resulten alterados a conveniencia de sus promotores, tenemos entonces el sumun de las dificultades para ejercitar el periodismo de investigación en el ámbito audiovisual. No obstante, con la fuerza de la imagen como aliada, resulta paradójicamente la televisión el medio de mayor impacto para la denuncia responsable que entraña toda investigación periodística de trascendencia. Vale la pena, pues, no desmayar en el empeño.

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