Posteado por: Omar George Carpi | junio 3, 2012

TV, Querida TV


Desde que el televisor irrumpió en la intimidad del hogar lo hizo como un miembro más de la familia. Incluso, tuvo un tratamiento deferente: se le ubicó, primero, en el lugar más privilegiado de la sala y luego, cuando ganó más confianza, hasta en la cómplice comodidad de los cuartos.

Al principio, como pariente allegado que viene a compartir con nosotros el mismo techo, se le recibió sin objeciones. Pero luego, en la medida en que la convivencia se hizo más estrecha y duradera, alguna que otra falta se le echó en cara.

El nuevo inquilino solía provocar desavenencias y hasta discusiones entre los demás miembros del grupo familiar, que a veces no se ponían de acuerdo sobre lo que querían ver reflejado en el amplio rostro de su allegado.

Las relaciones se hicieron particularmente tirantez cuando don televisor comenzó a evidenciar ciertos comportamientos inadecuados sobre todo frente a los más pequeños de la casa: unas veces violento, otras grosero y hasta en ocasiones impúdico, incluso en  horarios en que los niños estaban despiertos.

Todavía más grave fue la acusación de  promover estilos de vida incompatibles con la realidad que lo rodeaba, o la de ser tan egoísta que por recabar para sí toda la atención hogareña, propiciaba la incomunicación entre los demás usuarios del mismo espacio doméstico, quienes incluso habrían renunciado a paseos, encuentros sociales y hasta a alguna que otra amistad, con tal de permanecer a su lado varias horas al día.

Los lazos afectivos entre el televisor y quienes con él cohabitan no se basan en la consanguinidad: son todavía más fuertes. Eso explica la paradoja de que a pesar de todas sus majaderías, el sujeto – objeto siga siendo además de consentido, venerado.

Desde luego, ya muchos han aprendido a hacer una vida en común más armónica, gracias a estrategias de convivencia que permiten sobrellevar – y hasta aprovechar para bien – algunos pecadillos de la tele.

Por si le resulta de utilidad, compartimos con usted algunas recomendaciones:

Es posible reunirse todos frente al televisor para disfrutar de aquellos programas que generen un mayor consenso: un humorístico o una telenovela, por ejemplo. Aunque la coincidencia sea por unos minutos o en determinados días, resultan terapéuticos esos  momentos de unidad familiar con la TV como centro.

Una vez ganado ese espacio podríamos aprovecharlo mejor si se promovieran opiniones sobre lo que se está viendo, discrepancias incluidas. En definitiva es un ejercicio que nos entrena como ciudadanos capaces de sustentar criterios, confrontarlos y defenderlos.

Todavía más efectivo sería que los adultos se informaran con antelación de las propuestas televisivas que consumen habitualmente los niños y adolescentes de la casa, se prepararan y contribuyeran a propiciar su capacidad crítica y sus propios juicios. Es la mejor manera de reafirmar la propia identidad frente a  determinados patrones y estilos de vida que pretenden imponer algunas ofertas mediáticas.

 

Querámoslo o no, la TV forma parte de nuestra vida, pero démosle un lugar racional en ella. Busquemos opciones culturales y recreativas que compitan en buena lid con un personaje de tantos recursos como es la televisión.

Y sin ser irreverentes con nuestra querida TV, probemos a mantenerla al margen de algunos momentos de intimidad hogareña como las comidas, las conversaciones de familia para tratar asuntos importantes y los espacios en que la pareja suele llegar a un especial estado de comunicación.

Es importante tener en cuenta que, como cualquier persona, la TV transita por distintas etapas en su vida. No es lo mismo cuando empezó a gatear – en blanco y negro y con toda su programación en vivo – que en la edad madura en que ahora se encuentra, cuando puede incluso comportarse como intermediaria y multiplicadora de mensajes contenidos en otros formatos.

Así, las tácticas referidas pueden aplicarse al aparato lo mismo cuando éste funcione conectado a un centro trasmisor, que cuando actúe acoplado a equipos reproductores de video o DVD. Desde luego, en este último caso, el reto es aún mayor.

La televisión no es ni buena ni mala en sí misma. Si aceptamos que efectivamente tiene esencia y presencia en el hogar, como cualquier otro miembro de la familia, tenemos que convenir entonces en que de la manera en que la tratemos va a depender su reacción frente a nosotros. Dicho ahora sin metáforas: son las formas de consumo las que determinan el carácter benéfico o nocivo de la TV.

Ejerzamos entonces de manera consciente y responsable nuestra libertad de elección.

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