Posteado por: Omar George Carpi | julio 15, 2011

Escribiendo para trasmitir


Existe más de una razón para que el estilo coloquial y directo se imponga como el más recomendado en la redacción de textos informativos para la televisión.

En el medio audiovisual, el tratamiento de la imagen busca promover una sensación de familiaridad: periodistas, entrevistados y testimoniantes  miran desde la pantalla a los ojos del televidente, de la misma manera en que uno lo haría en la calle o en la casa para conversar con amigos y parientes.

Por otra parte, la comunicación que  se establece en los ámbitos mencionados se dirime en un espacio reducido, donde la proximidad entre los interlocutores apenas rebasa el metro de separación. Es más o menos ésta la distancia que guardamos cuando nos dirigimos a nuestros padres, cónyugues e hijos en la intimidad del hogar o cuando intercambiamos con un amigo en cualquier esquina del barrio. En los códigos visuales del medio, esa dimensión familiar se traduce en una preferencia  por los planos cercanos y medios.

Gracias al recurso del directo, la televisión hace que lo más distante nos parezca asequible. Personajes y acontecimientos se insertan en  un discurso que todo lo hace familiar, hasta lo aparentemente más ajeno y remoto.

Toda esa semiótica de lo íntimo que distingue a la televisión no puede menos que corresponderse con un lenguaje sencillo, conversacional, que sin renunciar a la profundidad y a la trascendencia del enunciado, lo acerque a la inmediata comprensión del receptor.

No olvidemos que la estructura del audiovisual se asienta en tres elementos que discurren de manera simultanea: la palabra, el sonido y la imagen, que integran sistemas de codificación y formas expresivas variables en el tiempo. Complementarlos en su aporte discursivo y evitar cualquier interferencia entre ellos, es todo un reto para los comunicadores que se desempeñan en el medio.

Y si las razones anteriores no constituyeran argumentos suficientes para defender una manera distinta de redactar para la televisión,  añadiremos que el tiempo apremia tanto en los medios electrónicos, que el periodista o el guionista no pueden malgastar palabras.  Quien redacta para este medio necesita entonces esforzarse por simplificar y condensar cada vez más.

Para cualquier redactor que escriba para los medios de comunicación masiva, el mejor texto será aquel que más sentimientos y reacciones suscite en el receptor con el menor número de palabras. Y el camino para conseguirlo pasa por la concisión y la claridad, cualidades de todo buen estilo.

La concisión es precisamente ahorro. No es síntesis, porque ésta tiene que ver con un ejercicio intelectual que resume la esencia de una relación de ideas. Es más bien un concepto relacionado con la construcción de la frase y la expresividad del enunciado.

La claridad, por otra parte, se refiere ante todo al pensamiento. Dificilmente pueda escribir atinadamente quien no piense con claridad.

Para ser conciso y claro en lo que se expone, hay un conjunto de técnicas, algunas de las cuales les comento a continuación.

1. Uso racional del adjetivo

No se trata de prescindir de una categoría gramatical tan necesaria para la expresión como cualquier otra. Pero sí de utilizarla con racionalidad y sobre todo con intencionalidad.

La primera recomendación es que en la elaboración del texto se otorgue la preferencia  a los sustantivos y a los verbos, las palabras más importantes del idioma. No obstante, si un sustantivo necesita de un adjetivo – y a veces lo requiere – no lo cargue con dos. Y si no le hace falta ninguno, pues no se empeñe en añadírselo, porque lejos de clarificar la expresión puede enrevesarla.

Pero si censurable es el innecesario empleo de un adjetivo, su uso redundante es imperdonable. Si no, póngase a pensar en expresiones como: “La alta montaña tenía más de 3000 metros de altura” o “El verde campo exhibía todos sus atributos primaverales”.

La mejor manera de comprobar la pertinencia de un adjetivo es omitiéndolo: si no cambia el sentido de la expresión,  si la definición permanece inalterable, entonces sobra, porque no añade una información o un matiz novedoso a lo expuesto.

2. Oraciones sencillas

La sencillez de la oración no implica un empobrecimiento de la expresión. Tampoco se trata aquí, como en el caso de los adjetivos, de evitar el uso de las oraciones compuestas. Estas no disminuyen la inteligibilidad de la palabra hablada, siempre que las subordinadas tengan una dependencia lógica y no sea excesivo su número.

Cada oración insertada dentro de otra mediante un enlace de relativo representa una nueva formulación que especifica o amplía la idea principal. Pero esta opción, válida como recurso del idioma para enriquecer el enunciado, puede volverse contra la claridad de la exposición si no tenemos cuidado. Por lo tanto, no abuse de las oraciones de relativo y procure no alejar a éste de su antecedente.

Incluso en la redacción de una oración simple hay reglas que nos ayudan a reforzar su sencillez. Si alguna intención de estilo no nos obliga a subvertir el orden sintáctico de los elementos que la componen, tratemos de mantener la secuencia sujeto – verbo – complemeto directo, indirecto y circunstancial.

Articule cada componente con el que le sigue; mantenga el sujeto cerca del verbo;  otorgue la prioridad al complemento más corto, o sea, no termine la frase con el segmento más breve; coloque los adverbios cerca del verbo a que se refieren y nunca envíe el verbo al final de la frase, a no ser que lo aconseje alguna razón de estilo.Tampoco abuse de los adverbios, sobre todo de los terminados en “mente”, ni de las locuciones adverbiales (en efecto, por otra parte, además).

Evite los verbos “fáciles” (hacer, poner, decir) y los vocablos “muletillas” (cosa, especie, algo). Uno y otro caso, evidencian pobreza de vocabulario. El idioma nos brinda recursos de estilo como para encontrar matices con el empleo de la palabra adecuada. No es lo mismo escribir: “El director dijo cómo había que hacerlo”, que “El director ordenó cómo había que hacerlo” o “El director precisó cómo había que hacerlo”.

Y mucho cuidado con el  empleo del posesivo “su”,  que es causa de anfibología: “Cuando vio a la muchacha, su rostro se iluminó”. ¿El rostro de quién?

Es también importante promover las formas positivas. El vocablo positivo es preferible a su sinónimo negativo. No tiene el mismo efecto decir triste que  infelizestéril que infértil. Porque en un medio en que el mensaje se emite de una sola vez, sin la posibilidad de que el receptor vaya atrás para aclararse lo escuchado, cualquier ejercicio mental puede distraerlo, aunque sea el aparentemente sencillo proceso de atribuir un sentido de negación al prefijo “in”y trasmitírselo a la palabra que le sigue. El mismo principio puede aplicarse a la doble negación: la frasees posible” siempre será preferible a no es imposible”.

La claridad de la frase depende también del  uso de palabras comunes. No emplee vocablos rebuscados. Entre el vocablo culto y el popular, prefiera siempre este último. Si digo que en mi ciudad hay coches tirados por corceles no estoy diciendo nada inapropiado, sólo que la expresión podría parecer, además de petulante, oscura. A no ser que busque obtener un efecto determinado en mi audiencia con semejante arcaismo, la palabra “caballos” se agradece como más natural.

Sobretodo para los periodistas, que beben de fuentes diversas para elaborar sus noticias, es importante prevenirse del excesivo tecnicismo.  En una emisión destinada a un determinado sector del público,como es el caso de los espacios deportivos, se puede permitir el uso de términos técnicos. Pero cuando emplee aquellos que no sean de uso común, debe aclarar su significado

Son éstas, entre otras, algunas recomendaciones que contribuyen a dar vigor a la oración. No obstante, nunca olvide que el conocimiento y la cabal comprensión del tópico que se aborda es la primera garantía de la claridad de la frase. No basta con seleccionar de antemano el tema: hay que decidir cuántos aspectos relacionados con él se pueden tratar en el tiempo asignado al espacio.

Aunque siempre es un un ejercicio difícil, se debe descartar todo lo ajeno al tema o a los aspectos del tema seleccionado. El error más común es querer abarcar demasiado.

 3. Armonía de la frase

Todo texto, aun cuando no se redacte para la radio o la televisión, debe ser “agradable” al oído. Aunque no lo notemos, nos escuchamos hacia adentro mientras leemos o escribimos, en una especie de “voz interior”. De hecho, un buen ejercicio para evaluar el ritmo y la musicalidad de la frase es decir en alta voz lo que se está redactando.

Para cualquier elaboración de carácter audiovisual, la armonía de la frase es fundamental. Tiene que ver en última instancia con la claridad de la expresión, que puede resentirse cuando se ensucia su sonoridad.

Una de las amenazas al buen decir proviene de la cacofonía, que es la repetición desagradable de sonidos iguales o semejantes, al estilo de: “La reunión se convocó para tratar sobre la fundación, ordenación y administración de una nueva empresa de cooperación.” O como en este otro ejemplo: La lavada ladera se descolgaba desde decenas de metros”.

  Evítese también las preposiciones en “cascadas”. Su acumulación produce las llamadas asonancias duras: “… la entrega de estímulos en la sede de la Dirección Provincial de la Asociación de Juristas de Cuba”.

 Como la prosa tiene también su ritmo, debemos cuidarnos de las asonancias y consonancias, es decir, de aquellos períodos rítmicos cortos, casi simétricos, que suenan a verso. En este punto recomendamos evitar secuencias de oraciones de similar duración. Es preferible alternarlas con enunciados más extensos, que provoquen un efecto rítmico agradable en quien los escucha.

Se trata de reflejar en el elemento verbal un requerimiento también presente en el elemento visual del lenguaje televisivo: alternar los planos de manera que se combinen adecuadamente los más generales con los medios y primeros planos. Es así como se logra un ritmo en el tratamiento de la imagen, que debe complementarse con similar procedimiento en el discurso.

La delimitación gramatical de la frase se expresa  mediante los recursos de puntuación, para los que no hay reglas absolutas. No obstante,  tengamos siempre presente que una frase mal punteada, en la que la pausa y la respiración del locutor carecen de una elemental organización, atenta contra la claridad de la expresión.

Y una última recomendación para quienes redactan para la televisión: si se quiere llamar la atención sobre lo que se va a ver, la palabra debe anteceder a la imagen. Pero si se trata de potenciar lo que se va a decir, la imagen debe preceder ligeramente al texto. Es una manera más de complementar los distintos elementos que integran el lenguaje audiovisual y contribuye a reforzar la concisión y la claridad del mensaje.

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