Posteado por: Omar George Carpi | abril 10, 2011

Sobre una polémica racial: una opinión y una anécdota


Memorias Racismo[23-39-39]

Una reciente polémica sobre la supervivencia de manifestaciones racistas en Cuba, desatada a partir de una controvertida entrevista al ensayista Roberto Zurbano, director del Fondo Editorial de Casa de las Américas y publicada por el diario New York Times, me hizo revisar el tratamiento del tema en algunas crónicas que habitualmente inserto en este blog y que tienen que ver con episodios del pasado en mi Cienfuegos natal.

Buscando entre lo ya divulgado, me encontré con esta reseña de un suceso que de alguna manera refleja el tratamiento y la consideración que se dispensaba a los negros en la Cuba anterior a 1959.

Creo que el trabajo se explica por sí solo. Si algo hubiera que añadir para fijar una posición personal al respecto, me permitiría sólo una precisión: quedará todavía mucho por hacer para erradicar definitivamente la mentalidad racista en la sociedad cubana actual. Pero negar la contribución que la Revolución ha hecho a tal propósito, es además de injusto, inconsecuente con una realidad inobjetable.

Reclamar una solución definitiva del problema después de 54 años de intentos, es asumir la misma perspectiva malintencionada de quienes han pretendido pasarle la cuenta de la violencia y la consiguiente inseguridad ciudadana al gobierno bolivariano de Venezuela, heredero del caldo de cultivo de la marginalidad social alimentada por gobiernos anteriores, y que poco a poco intenta revertir con la implementación de programas sociales que apuntan a las causas del mal, pero que necesitan de tiempo para consumar sus objetivos.

Medio siglo podrá parecer mucho para una vida, pero es bien poco para contrarrestar dinámicas sociales que tomaron siglos en sedimentarse y que, más allá de nuestra voluntad, se proyectan – matizadas, atenuadas, recontextualizadas, pero perseverantes – hasta nuestros días.

ESCANDALO RACIAL

Hartos de humillaciones estarían los negros cuando hace más de noventa años desafiaron algunas disposiciones racistas vigentes en la ciudad de Cienfuegos.

Los episodios se suscitaron en el parque José Martí, donde leyes no escritas pero estrictamente observadas por la sociedad, limitaban la presencia de los no blancos a la periferia de la plaza durante las retretas y los paseos nocturnos.

El primer incidente lo provocó el domingo 19 de marzo de 1916 un excursionista proveniente de Remedios, quien según la prensa de la época, “…ignorando las costumbres cienfuegueras, hubo de pasearse por el centro del parque”.

Ofendido y acosado por quienes se consideraban los dueños del lugar, el intruso solicitó apoyo a otras personas de su misma raza que se encontraban cerca, quienes en franco desafío también comenzaron a pasearse por el mismo medio de la plaza hasta que ésta quedó desierta. La policía intervino, aunque no hubo mayores consecuencias.

Pero cuatro días después, el jueves 23 de marzo, la confrontación fue más allá de las palabras. Cinco minutos después de iniciada la retreta, un jamaiquino llamado William Benjamín irrumpió en el área central del parque y tras dar algunas vueltas tuvo además la osadía de sentarse en una de las sillas reservadas para blancos. La trifulca no se hizo esperar y esta vez sí la fuerza pública tuvo su cuota de detenidos y los servicios médicos de emergencia, sus pacientes.

El periódico “La Correspondencia” , interpretaba en el mejor estilo racista el comportamiento del “provocador” y las consecuencias de su gesto: “… sabe que ninguno de su raza lo ha hecho antes y que su actitud disgusta”, para concluir sentenciosamente: “… no es más que un peligroso perturbador de la tranquilidad de esta sociedad”. Por supuesto, ni una palabra para quienes ostentaban el poder económico – incluida la propiedad de los medios – y por ende, el control social.

En una suerte de consuelo o de autodesagravio, váyase usted a saber, la prensa local concluía: “… el conflicto no ha sido provocado por ningún individuo de esta localidad perteneciente a la raza negra, que siempre ha sostenido con la nuestra las mejores relaciones” … de subordinación, le faltó decir al reportero que con el posesivo empleado fijaba su pertenencia a una élite racial.

Tan humillante división de los espacios públicos se mantuvo en Cienfuegos durante mucho tiempo y más allá del parque, pues también se aplicó al Paseo del Prado cuando la vida nocturna de la ciudad se trasladó hacia ese otro punto.

Fue una situación que se mantuvo más o menos solapada hasta que la Revolución triunfante terminó con ésta, una de las discriminaciones más lesivas a la dignidad humana.

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