Posteado por: Omar George Carpi | diciembre 6, 2010

Una opinión sobre la opinión en los programas de opinión… valgan las redundancias


Primero, se impone definir qué tipo de programas es el que nos ocupa.

Si se trata de una mesa redonda o coloquio estaremos asistiendo a una modalidad de entrevista colectiva en la que varios expertos dialogan sobre un tema asistidos  por un moderador. En este caso, lo esencial es el asunto tratado. Se debe buscar que los conocimientos de los expertos se complementen y aporten a la más amplia comprensión del tema, a partir de las personales y diversas perspectivas sustentadas por los panelistas.

El llamado debate o choque de opiniones es una variante del anterior formato,  pero busca opiniones contrapuestas y la confrontación entre los invitados acerca de sus posiciones, sobre todo por ser agentes del hecho.

La diferencia entre coloquio y choque de opiniones tiene a veces una frontera difusa, como la que puede existir entre algunos ejercicios periodísticos donde se combinan datos informativos con determinados enfoques y juicios personales del propio reportero.

La clasificación es relevante sólo para definir categorías e identificarlas en sus características esenciales. Es según prime una actitud opinante o informativa, lo que determina hacia donde se inclina la balanza del programa en cuestión.

No obstante, un poco de contaminación entre ambas tendencias resulta a veces saludable para los propósitos de la comunicación. El reto está en mantener la personalidad del espacio.

Después de pautado el perfil del programa, el próximo paso es elaborar una planificación temática.

Los temas escogidos deben ser los más trascendentes, los que afecten a un mayor número de personas dentro de una amplia gama de problemas. Deben preverse con días, meses y hasta un año de anticipación si se quiere, pero no pueden sembrarse como compromisos ineludibles. Si lo contingente, ese supremo jefe de información del diario de la vida, dicta la conveniencia de cambiar, posponer o desechar un tópico, no dudemos en hacerlo. El respeto a ultranza de una efemérides o una campaña, no puede enajenarnos del sentido de la oportunidad ni del valor periodístico de la coyuntura. Hay momentos que, si se dejan pasar, se pierden para siempre.

Sin minimizar la importancia que para todo ejercicio mediático tienen las proyecciones tácticas y estratégicas de la política cultural e informativa en que se inserta,  el mejor documento rector para el desempeño periodístico en los programas de opinión, es mantenerse actualizado e informado, con un oído en la calle y otro en las oficinas donde se toman las decisiones que afectan el día a día de la gente común.

En cuanto a los eventuales interlocutores, personas cuyo estatus le confiere un elevado interés público, es preferible apelar a su honestidad, a la vocación de servicio y al compromiso social que subyacen como cualidades en todo hombre, independientemente del cargo que desempeñe.

Sería más saludable  proyectar la intención de que la prensa está para denunciar los problemas y para crear una conciencia sobre ellos, no para resolverlos, a  pesar de cierta percepción más o menos extendida de que los problemas solo se solucionan si la prensa los pone en la picota pública.

Sin creernos dueños de verdades absolutas, una actitud participativa, tolerante y respetuosa para las visiones ajenas, haría un aporte inestimable al reforzamiento de la institucionalidad y a la educación cívica de la población.

La credibilidad del periodista en el ejercicio de la opinión radica en su pasión por la verdad y en el compromiso con ella. Defenderla con honestidad personal y profesional confiere al opinante una autoridad moral que se acrecienta en la medida en que se sigue siendo consecuente con la misma actitud en todos los desempeños.

Vencidos todos estos fantasmas,  queda el más importante de todos los que acechan al buen desarrollo de un programa de opinión. Y tiene que ver con la manera en que lo conducimos y nos conducimos como mentores del espacio.

La poca cultura del debate que se padece en algunos escenarios sociales, a veces alcanza también a las propuestas mediáticas que tienen como fundamento el intercambio de criterios diferentes.

En ocasiones se  intenta desautorizar al contrincante, invalidarlo. Ese es el fin de toda polémica, pero la confrontación con el oponente debe dirimirse con la certeza y con el adecuado manejo de los argumentos.

A veces también nos cuesta trabajo provocar sin herir. La provocación honesta, respetuosa e inteligente es parte de un comportamiento profesional. Hay que dotarse de la suficiente cordura como para evitar que un interlocutor se nos ponga en contra o nos rechace porque nosotros somos los únicos que pensamos correctamente, o somos los que nunca nos equivocamos. Hay que evitar  las afirmaciones inapelables, tajantes.

Debemos prevenirnos también del comportamiento contrario, el del clásico moderador o entrevistador pusilánime. Sucede que un tergiversado concepto de la función del periodista nos mostró durante años como seres “disciplinados”, que evitaban las “preguntas incómodas” para no poner en “situaciones incómodas” a funcionarios y dirigentes “incómodos”. Y algo de esa malsana herencia se manifiesta todavía en algunos espacios de opinión.

Una recomendación más: eluda la retórica y no permita que sus invitados la empleen como recurso de  convencimiento. Promueva argumentos sólidos, juicios irrefutables, verdades demoledoras. La objetividad de una exposición es más efectiva que el intento de persuadir a nuestro antagonista a partir de nuestras presuntas razones. Tal actitud denota una petulancia que el público identifica y rechaza

Tampoco olvide que muchas veces las respuestas que le interesan al televidente son las que ofrecen juicios cualitativos, las que revelan cuán preparado está intelectualmente un funcionario o especialista para interpretar, evaluar y actuar sobre las señales diversas, complejas y en ocasiones contradictorias que llegan de un entorno social dinámico y cambiante,  y no las consabidas remisiones a cifras, difíciles de validar en el presente y mucho menos en el futuro.

Responder a todos estos desafío entraña una enorme responsabilidad. Ningún periodista podría ejercer su opinión y mucho menos confrontarla, si antes de salir al aire su programa no está convencido de actuar en consecuencia con lo que es. Si no es fiel a si mismo, difícilmente pueda serlo con sus televidentes. Solo de esa fidelidad nace la verdad. Y de la verdad, nacen los riesgos de esta apasionante profesión.

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