Posteado por: Omar George Carpi | octubre 6, 2010

¡Abajo el adjetivo!


Caricatura de Douglas Nelson Quienes por razones profesionales nos familiarizamos con la redacción de textos sabemos cuán vilipendiado ha sido históricamente el adjetivo.

Al uso indiscriminado de esa categoría gramatical se le achacan pecados de leso estilo como daños a la concisión, la claridad y la comprensión del texto.

Prodigar adjetivos sin ton ni son puede además tener un agravante por alevosía, si quien los endilga a un personaje o suceso es un comunicador de los medios audiovisuales, donde la imagen hace más obvio lo que ya sobra en la palabra.

Tales inculpaciones vienen por lo general acompañadas de recomendaciones para moderar el empleo del calificativo, recurrir al término exacto o prescindir de él, si viniera al caso.

Todas estas reflexiones me provocan un editorial aparecido en el diario cienfueguero “La Correspondencia”, el 10 de mayo de 1932.

Bien colmada debería estar la copa del articulista y de los editores cuando dieron tal destino y jerarquía a un tema que podría haberse tratado sin aspavientos en cualquier página interior.

El trabajo de marras se basaba en una sorprendente noticia: los cronistas de los periódicos manzanilleros habían acordado prescindir de los adjetivos en sus composiciones.

El periódico cienfueguero se solidarizaba con sus colegas orientales, a quienes reconocía su gesto de independencia y sinceridad de carácter. “¡Es realmente un acto revolucionario!”, aplaudía,  aunque a continuación  matizara su entusiasmo al admitir la imposibilidad de tal propósito “…porque significaría quitar el encanto a la crónica social: despojar de interés a la información política: quitar el color y el sabor a todo el periódico.” Y apuntaba, con un dejo de ironía: “Aquí, donde somos tan vehementes, tan apasionados, tan imaginativos, y sobre todo, tan excesivamente generosos, ¿cómo sería posible referirse a cualquier acto social sin sazonarlo con el adjetivo?”

A continuación, el autor contemporizaba las perspectivas extremas a partir de su propia visión del asunto: “…el abuso es intolerable, es malsano, es peligroso… El adjetivo encubre las deficiencias del sustantivo y les da una apariencia y un valor a las cosas o a las personas que en realidad no tienen. ¿Quién no ve a menudo en las crónicas sociales llamar elegante a una mujer que es la antítesis de la elegancia? ¿O llamar bello a un adefesio?”

Ni razones ni ejemplos faltaban al redactor para aseverar que muchas reputaciones se habían erigido sobre los falsos cimientos de los excesos adjetivales, prodigados a granel por periodistas bondadosos o inocentes.

Admitía que “…el abuso del adjetivo es una de las muchas mentiras convencionales de nuestra civilización.” Y remataba: “Más, lo que hace falta saber es si puede existir hoy el periódico sin el despilfarro del adjetivo, que exigen, precisamente, quienes menos lo merecen.”

De todas maneras, alguna enseñanza nos deja la exagerada petición que dio pie a este episodio: una alerta para contener esa humana tendencia a la hipérbole, a lo grandilocuente y exacerbado, cuya manifestación más pueril es la saturación de nuestros mensajes con un recurso lingüístico tan válido y legítimo para la comunicación como cualquier otro, pero descalificado por exceso.

No olvidemos que la vacuna contra “la adjetivitis”, no es aún todo lo efectiva que quisiéramos y que, de vez en cuando, la denostada crónica social de antaño asoma todavía su oreja peluda.

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