Posteado por: Omar George Carpi | agosto 10, 2010

La Televisión, ni ángel ni demonio


La TV, ni ángel ni demonioUna teleserie cubana, “Aquí estamos”, vuelve a promover enconados debates sobre la manera en que la televisión, más que aborda, muestra facetas del ser humano y de sus relaciones que pueden ofender la sensibilidad de una parte del público.

Recuerdo que no hace mucho, otra propuesta desató discusiones que trascendieron la calle para ocupar espacio en los medios. Se llamaba “La cara oculta de la luna” y exponía conflictos relacionados con la homosexualidad, el SIDA y la prostitución masculina, cual de ellos más transgresores de normas y convenciones establecidos.

Y si en dos, cinco o diez años volviera a escribir este comentario, podría encabezarlo con las mismas consideraciones de impacto, sólo cambiaría el nombre de las telenovelas de turno, porque las repercusiones seguirían siendo las mismas.

Muchas de las impugnaciones a este tipo de ofertas televisivas se hacen desde el presunto efecto que podría tener en las más jóvenes generaciones el comportamiento de ciertos personajes y las circunstancias en que se desenvuelven.

Exigirle a la televisión que resuelva esa aparente insuficiencia mediante un ejercicio didáctico es negar la condición artística del medio y su derecho a resolver los conflictos que plantea desde la perspectiva del arte, a partir de los recursos expresivos del lenguaje audiovisual.

Esa sucesión vertiginosa de signos visuales y auditivos salidos de la pantalla y organizados bajo códigos de articulación muy peculiares, podría aprovecharse mejor si su mensaje se socializara en espacios de intercambio como los que el hogar y la escuela proponen. Más que enseñar, un programa de televisión puede motivar el conocimiento y compulsar a una investigación mucho más profunda sobre hechos y tendencias que se dan en la sociedad.

No se trata, por cierto, de una televisión educativa, que como parte un programa institucional es la concebida bajo otros requerimientos como complemento de la docencia en las escuelas. Me refiero al uso de la televisión pública hecha con fines no didácticos, pero potencialmente aprovechable en tal sentido.

Corresponde entonces a padres y profesores estimular la conciencia crítica de niños, adolescentes y jóvenes. No olvidar que la verdadera educación se dirime en un plano de relación interpersonal y que es la comunicación bidireccional, recíproca, lo que enriquece al hombre, lo desarrolla y lo prepara para la vida social.

La asimilación acrítica de realizaciones audiovisuales en canales abiertos puede tener otros inconvenientes además de los que entraña la simple visualización de dramas humanos y sociales sin una confrontación ética ejercitada a partir del intercambio personal o grupal.

Puede enajenar, por ejemplo, la relación con el entorno, pues éste queda expuesto a través de una representación de la realidad. No olvidemos que antes del surgimiento de la televisión, la manera de vincularnos con el mundo circundante respondía a la lógica y el raciocinio como partes del proceso cognitivo. Con la irrupción de la imagen y sus propiedades polisémicas articuladas en un nuevo tipo de lenguaje, la comunicación se abre a potencialidades nunca antes conocidas, con la emoción como elemento vinculante.

Otra aparente desventaja podría ubicarse en la estructura cerrada de teleseries y productos comunicativos similares, que dejan poco margen a conclusiones propias a partir de las que ya impone la solución dramatúrgica de los conflictos tratados. Se trata de propuestas de un medio de comunicación masivo, que llegan con un mismo mensaje a receptores de diferentes edades, sexo, cultura, nivel educacional y clase social. Cada uno de esos factores media la comunicación en disímiles proporciones.

Preocupada por ese reto, a lo largo de los años la televisión ha desarrollado formas de interactividad con más o menos aciertos. Algunos recordarán todavía la transmisión de aquellas historias con más de un final con que se pretendía ejercitar el juicio ético de los televidentes.

Pero al margen de esas y otras experiencias, hay un hecho incontrastable: tanto en sus yerros como en sus aciertos, la televisión nos ofrece la oportunidad de compartir experiencias de comunicación en la familia y en la escuela, que deberíamos aprovechar mejor, máxime en un contexto de cambios revolucionarios en los formatos para la trasmisión de los mensajes, que entrañan una paradójica actitud socializadora e individualista por parte del receptor

Este ingenio tecnológico, con poco más de medio siglo de existencia, es uno de los muchos factores que contribuyen a nuestra formación. Absolutizar su importancia sería tan desafortunado como despreciarla.

No olvidemos la máxima de que “enseñar es enseñar a aprender”. En tal sentido la televisión tiene aún mucho que hacer, con la ayuda de todos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: