Posteado por: Omar George Carpi | julio 23, 2010

Las encrucijadas de la mediación


La verdad es relativa al punto de vista del intérprete de la realidad.Si un hombre muere violentamente en un claro del bosque tras la violación de su esposa a manos de un delincuente y cuatro personas lo han visto y lo han oído todo, pero sus cuatro testimonios se contradicen a pesar de algunos puntos en común, ¿Qué es lo que ha sucedido realmente?
El tiempo ha pasado, pero podría recordar más de un detalle de esa historia. Difícil olvidar cómo el suceso despertó mis primeras dudas filosóficas en la butaca de un cine, donde sin saberlo disfrutaba de una obra maestra de la cinematografía universal.
En su ya antológica “Rashomon”, al maestro Akira Kurosawa no le interesaba explicarnos lo ocurrido. Se limitaba a exponer las diferentes versiones del hecho y dejaba al espectador la decisión de qué creer.
Técnica y conceptualmente, el director japonés legó al séptimo arte una clave que todavía nos intriga: cómo aún siendo nosotros mismos los propios testigos de los hechos, lo único que sacaríamos en claro es otra versión, la nuestra, que en principio sólo a nosotros convencería.
La verdad – parecía decirnos Kurosawa – es relativa al punto de vista del intérprete de la realidad. Y desde el mismo momento en que éste puede engañarse a sí mismo, nadie puede tener la certeza de estar en posesión de una verdad absoluta, sino solamente de su propia verdad.
Sin llegar a una interpretación relativista del asunto, la referencia cinematográfica podría hacernos definir la realidad como una convención asentada en múltiples intercambios de información. De esa realidad, el periodista sólo puede trazar una de sus tantas versiones posibles: la periodística.
La actitud científica del reportero ante la realidad y su reflejo, constituye uno de los problemas esenciales del periodismo moderno.
Elegir aquellos aspectos esenciales que desde la mejor perspectiva faciliten la mejor comprensión e interpretación de un suceso, es sólo una parte – la primera – de un proceso mucho más complejo de mediación de la realidad en el que intervienen varias instancias: la organización interna y la ideología del medio, las fuentes, los canales de información, el proceso de producción, la técnica y el receptor.
Para un reportero, la cualidad de “verdadero” aplicada al reflejo de esa realidad, pasa por la información comprobable, entendida ésta como un planteamiento que se acerca a la “verdad”, y es por ello verosímil e inimpugnable.

Verosimilitud y comprobabilidad pueden garantizarse con recursos de los que históricamente la profesión se ha valido para acreditar la información, entre ellos la disponibilidad de documentos o registros grabados, la existencia de un informante debidamente identificado y la presencia del periodista en el lugar de los hechos.

Si la información careciera de uno de dichos soportes, un periodista responsable y con tiempo suficiente consultaría a más fuentes para ajustar su propuesta a un criterio de comprobabilidad.
No poco ejercicio de acercamiento a la realidad se resiente precisamente por el manejo que hacemos de las fuentes, y no siempre el tiempo es el gran culpable.
Es cierto que las normas de cultura profesional del medio y los instrumentos de que éste dispone para concretar determinados objetivos editoriales, no dan a veces mucho margen al periodista para cotejar fuentes ni buscar los matices que ofrezcan al receptor una perspectiva múltiple de su entorno.
La información en nuestro medio está a veces demasiado determinada por las rutinas de producción. En aras de la presunta eficacia con que debe funcionar todo ese andamiaje al que llamamos televisión, vehículos, cámaras y cubículos cambian constantemente de usuarios, con los minutos contados para su entrega y relevo.
Tal diseño de producción tiene su impacto en la verosimilitud con que abordamos un suceso. Los requerimientos de la producción nos llevan en ocasiones a limitar o a reducir las posibles fuentes, a preferir aquellas que den la noticia prácticamente lista para emitir y a elegir las supuestamente más fiables, con preferencia las oficiales, para ahorrarnos la comprobación.
Y como de buenas intenciones está empedrado el camino mediático, tal ruta suele conducirnos ocasionalmente a las oficinas de los directivos o a determinadas rutinas ceremoniales, sin reparar en atajos o vericuetos que atraviesan el marabuzal de otros contextos, a veces colindantes, susceptibles de explorar si queremos ser consecuentes con la realidad que abordamos.
La sobrevaloración de las fuentes oficiales y el exclusivo crédito que le atribuimos nos hacen más propensos a la homogenización del discurso periodístico, al abuso de cifras y datos y a la orfandad de valoraciones.
Lo que ya de por sí constituye un factor de mediación introducido por la organización del trabajo en el sistema informativo de la televisión, se refuerza además con otras  prácticas de regulación ajenas al medio.
Las propias fuentes deciden a veces sobre su desempeño e incluso fijan sus propias políticas de información. Son más las solicitudes que se hacen al medio para que éste refleje resultados, reconocimientos y expectativas, que las peticiones  para evaluar la repercusión social de la gestión de la fuente,  no siempre negativa pero sí muchas veces controvertible.
Esa es la razón de tanta cobertura de actividades y actos que como hechos en sí interesan al televidente en muy contadas ocasiones. Al protocolizarlos, se les suele despojar de lo más importante: aquello que los sustenta y los vincula a la vida, con  sus matices y contradicciones.
La reiteración y el destaque arbitrario, el exacerbado énfasis en una de las múltiples aristas de la realidad,  puede enajenar la  interpretación semiológica que de nuestro entorno hace la televisión a partir de sus propios recursos expresivos, donde la imagen es dominante.
Para algunos de nuestros espacios informativos, la medida de la noticiabilidad es una reiterativa y monótona sucesión de lugares comunes. En ocasiones tal parece que la dinámica social de la nación, y su representación gráfica, se dirime, al decir de un estimado colega, en “actos de distinto tipo, importancia y prioridad, pero actos al fin: gente reunida, presidencia,  intervenciones, aplausos y big close ups de caritas circunstanciales, equivalente todo ello al tedio del televidente  y, peor aún, a la pérdida de su interés.”
No olvidemos que en el perfil amplio, policromo, exuberante, y a veces contradictorio en su diversidad de la nación cubana, lo protocolar tiene su espacio, como también lo tiene lo espontáneo, lo imprevisible y lo desenfadado.
Algunas de las inconsecuencias entre discurso periodístico y realidad tienen su asiento en la sobrevaloración de la función de propaganda en detrimento de la función informativa de nuestro ejercicio profesional. Nada tengo contra la propaganda como recurso de probada eficacia político ideológica. Sólo que el periodismo es un tipo especial de propaganda, donde la apelación a lo emotivo se conjuga con la argumentación y la ejemplificación para llevarnos a un entendimiento de la realidad predeterminado por una intención, pero nunca impuesto.
La utilización de la propaganda en la prensa es legítima, pero tiene sus géneros por donde encausarse con mayor efectividad, sin menoscabo de la factura periodística de nuestros mensajes.
La ideología no debe erigirse en un discurso en particular. Más bien le corresponde trascender en toda manifestación cultural de la sociedad, periodismo incluido.
Por otra parte, la divulgación de intereses empresariales nada tiene que ver con el periodismo. Si ambas funciones se confunden, la credibilidad se resiente y se acentúa el divorcio entre los medios y la vida.
Cuando la fuente asimila de tal suerte al periodista y al medio, los convierte en dóciles instrumentos, a quienes  trasmite la información como quiere y arreglada a lo que más le conviene. El resultado es un periodismo pasivo, reciclado, que no da a conocer el hecho, sino la interpretación interesada que alguien ha hecho de éste, en un flagrante delito de lesa  credibilidad.
Para cumplir su misión social, el periodista debe no sólo cotejar las fuentes. Requiere también contrastarlas y  brindar así al receptor herramientas que le permitan  acercarse lo más  posible a la realidad.
Es cierto que el caso de Cuba carece de similar en el mundo. No es aspaviento ni sentimiento de acoso: es una realidad que a veces aconseja discreción y hasta secreto en su tratamiento. La experiencia de más de cuarenta años de bloqueo lo confirma con creces.
Pero el oportunismo de alguna gente se ha aprovechado de esa circunstancia. A algunos les conviene sobredimensionar la prudencia y escamotear así problemas y manquedades que lastran nuestro proyecto social.
A veces ni siquiera se trata de aspectos polémicos o presuntamente sensibles. Sin llegar quizás a tales extremos, otros sólo abren la puerta a la información de interés público cuando media el consentimiento de “la instancia superior”.
Esta suerte de inmovilismo lleva a veces a la fuente a no comprometerse ni siquiera con el suministro de datos que son de su absoluta competencia. En este “espera a que otro diga para que yo lo haga” hay una dilación y a veces un ocultamiento que también enajena la realidad. Hay urgencias, necesidades, reclamos cotidianos de la población que no tienen una dimensión política
En no pocas de esas actitudes que coartan el legítimo derecho de la prensa a promover la información, el debate y el diálogo sobre determinadas cuestiones de sensibilidad pública, se amparan burócratas y corruptos para garantizar su impunidad.
Quizás por la influencia de regulaciones de esa índole,  por mediaciones de la  producción o por la desnaturalización de la relación fuente – periodista, e incluso por comodidad, en algunos de nuestros medios televisivos se extrañan aquellos géneros que promueven la interpretación y la opinión. Y en ese panorama, el reportaje lleva las de perder.
Nada extraño si tenemos en cuenta que se trata del género que más tiempo, más investigación y más reflexión requiere, en el que deben potenciarse creativamente todos los recursos expresivos del medio en aras de una reconstrucción minuciosa y verosímil del hecho noticioso. ¡Qué dejarle entonces al periodismo de investigación, que como modalidad proyecta a su máxima expresión todos aquellos requerimientos!
Mención aparte merece la entrevista, que sigue siendo el recurso más usual en el medio para procurarse de información.
La entrevista más recurrida en nuestros informativos es aquella empleada como subgénero de apoyo a otras informaciones mediante un montaje periodístico. Hay ocasiones en que ese formidable instrumento para adentrarse en los problemas del hombre y de su entorno, se desaprovecha.
Muchas veces la pretensión del entrevistador no va más allá de la simple búsqueda de datos, por demás justificada en ocasiones por el nivel de información del entrevistado, que se convierte así en una fuente informativa de primera mano.
Lo censurable es la marcada ausencia de valoraciones críticas de hechos o sucesos por parte de los entrevistados, a instancias de preguntas carentes de una sana agresividad profesional.
Casi nunca las entrevistas incluidas en nuestros trabajos periodísticos permiten apreciar al televidente los argumentos, criterios, juicios y valoraciones en los que el entrevistado pueda revelar sus más recónditos puntos de vista, matizando con ellos la realidad que compartimos. Al decir de Humberto Eco, hay ocasiones en que “entrevista quiere decir regalar el propio espacio para hacerle decir lo que él quiere aún cuando el entrevistado no tenga nada que decir”.
Hay todavía mucha entrevista frívola, muchas preguntas que no necesitan respuestas y mucha consigna disfrazada de respuestas en nuestros informativos de televisión. No olvidemos que reproducir las frases más importantes, expresivas y espontáneas del protagonista de la noticia, nos acerca a personajes y a hechos mucho más creíbles.
Los periodistas del sistema informativo de la televisión cubana estamos, por suerte, menos contaminados que colegas de otras televisoras del mundo que parecen compartir la idea impugnada por Gabriel García Márquez, de que “la voz de la verdad no es tanto la del periodista que vio como la del entrevistado que declaró.
Sólo que a esa verdad le hace falta a veces más matices y más balance en la interpretación de los hechos de nuestra cotidianeidad, para mostrar lo que la gente piensa y siente, más allá de las coyunturas en que la opinión pública suele pulsarse para evaluar sucesos de alta trascendencia política.
También hay mucho de realidad resentida en los informativos de televisión por una cuestión de tono.
La inculcación de valores – otro de los objetivos del ejercicio mediático –  es incompatible con el sermón, al menos en un medio como el nuestro, donde el énfasis exacerbado en el tratamiento de cualquier tema puede provocar, por vía de la saturación, una reacción opuesta a la buscada.
El sentido cabal de una propuesta comunicativa solo se consuma mediante la activa participación del receptor del mensaje. Trasmitir ideas positivas, importantes, conmovedoras, reflexivas; utilizar los recursos propios del medio para enriquecer el mensaje desde el punto de vista emocional, con imágenes y sonidos atractivos y novedosos, sorpresivos y sustanciales, puede ser  una receta de donde la gente  extraiga una buena dosis de meditación y enseñanza.
Saber distinguir entre el componente emocional y racional del contenido de nuestros mensajes, entre la frivolidad que nada aporta y la densa ideología que tanto aburre, es un saludable ejercicio profesional.
Crear incentivos e intereses en los televidentes a partir del compromiso social, constituye un reto a la competencia y a la profesionalidad de  todo periodista en un medio como el nuestro. Su éxito como tal dependerá de cuán correctamente sepa utilizar los códigos televisivos para conformar  mensajes claros y trascendentes, de los que el público pueda aprender algo nuevo, con los que pueda resolver un problema cotidiano, emocionarse, divertirse, sentirse socialmente prestigiado o reafirmar valores que considere positivos e indiscutibles.
La información y la promoción de valores necesitan articularse con nuestros referentes cotidianos en los escenarios de la familia, el barrio, la escuela o el centro de trabajo, la comunidad, la sociedad, el país o el mundo. La efectividad del discurso de los medios será directamente proporcional a la  honestidad y al compromiso con que sepamos enfrentar los problemas y las situaciones que se promuevan en esos ámbitos que compartimos.

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